Revista impresa y digital dedicada al metal extremo, desde Hell Salvador

domingo, 14 de junio de 2020

Desde hace tiempo escucho decir que la escena local está dividida. Que cada uno busca su propio beneficio y que la hermandad que hubo en algún momento, ya no existe más. Personalmente, no podría decir si esa unidad que se rememora de tiempos pasados existió tal y como algunoa la cuentan. Pero, puedo decir que esto no es exclusivo del black metal ni está limitado a El Salvador (Hedge Olsen, 2008, p.4).

En los últimos años, hemos visto disputas entre productoras y otras organizaciones. Las divisiones han llegado al punto que se programan eventos para el mismo día o muy cercanos entre sí. El objetivo parece ser boicotearse mutuamente y no promover la música. Algunas bandas han tenido que tomar partido. Elegir a uno significa descalificarse para el otro bando. Ésto puede verse como una cuestión de lealtad. Pero, fomentar esta división no es beneficioso para nadie. Algunas bandas prefieren organizar sus propios conciertos, sin intermediarios, como una forma de evitar estos conflictos.
Algunos atribuyen esta desunión a "guerras de egos". Querer ganar notoriedad por una u otra razón que no es, precisamente, su música. En la práctica esto va desde socavar o ridiculizar el trabajo de los demás con críticas mal intencionadas, hasta tratar de influir en el público para que también tome un bando. Parecen no entender que lo se haga contra alguien dentro del grupo puede repercutir en todo el frágil entramado de esta subcultura a la que pertenecemos.

Sulphure en Buhos, 2019. Foto de archivo M.E.


Yo soy realista y considero que aspirar a ver a todos los metalheads salvadoreños unidos es la imagen de una utopía benevolente que, en la práctica, es casi imposible de alcanzar. Especialmente, en cuanto al metal extremo se refiere. Para mi, las razones están a la vista: Quienes compartimos el gusto podrido por las formas más violentas del metal, rara vez somos seres sociables. Lo que genera, inevitablemente, roces y choques de personalidades que pueden desembocar en problemas mayores, si no se saben manejar. El black metal es la vertiente más transgresiva del metal y sus seguidores practicamos, orgullosamente, un alto grado de indivividualismo y misantropía. Este tipo de comportamiento radical es similar a lo que se ha visto en el punk (Kahn-Harris, 2007, p.41-42) en todas sus variantes, desde el Oi! hasta el RAC, y otros movimientos alternativos. Esto, agregado a una visión general obstruida por prejuicios y enfocada en el ego, significa una desaceleración del desarrollo del metal en el país.

Yo no espero ver la unidad de los seguidores del metal en El Salvador, mucho menos entre quienes hacen o seguimos el black metal. La base para un desarrollo significativo del metal está en el crecimiento de cada uno de los que formamos parte de este grupo, lo cual también aplica para el trabajo colaborativo con individuos que comparten una meta común. Considero que esto es el verdadero sentido del elitismo en el black metal, el enfoque en el trabajo propio y no en lo que pueden, o no, hacer otros.  Tenemos desventajas culturales que limitan el desarrollo del arte en éste país, y es más difícil para una subcultura que fomenta y vive la autonomía y que tiende a aislarse. Pero esta es la única forma útil de resolver la contradicción entre el individualismo proclamado dentro del black metal y la necesidad de un movimiento colectivo donde las expresiones del mismo puedan ser presentadas.

Darlament Norvadian en La Casa Tomada, 2016. Foto de archivo. M.E.

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